Mentiras que el tiempo remacha

Algunas falsedades lo son, de manera evidente, desde el momento en que ocurren, pero luego otros acontecimientos las ratifican, las refuerzan, las remachan.

Veamos, por ejemplo, una mentira de origen: que la solidaridad y la vocación por la defensa de los derechos humanos fue lo que motivó a ciertos artistas colombianos a participar en el concierto Venezuela Aid Live, en febrero de 2019, en Cúcuta. Pura coba desde el principio, pues esa actividad «artística» era nada menos que una mampara para la invasión militar y la intervención extranjera.

Pero, digamos que esos cantantes acudieron al acto de buena fe, engañados por los organizadores y por las matrices de opinión que en ese momento estaban a todo vapor. Está bien. Concedámosle el beneficio de la duda.

Pero los acontecimientos posteriores han demostrado que el afán de esos cultores no es una cuestión de principios, sino que obedece a posturas ideológicas o a su condición de fichas de la industria cultural del capitalismo hegemónico.

Las primeras evidencias de ello pudieron verse el mismo 2019, cuando se produjeron actos represivos públicos, notorios y comunicacionales en Chile, Ecuador y en la tierra natal de los artistas, sin que ellos fijaran una posición firme, más allá de alguna ambigua y babosa declaración tuitera.

Si su preocupación por los derechos humanos y contra los actos represivos fuese auténtica, este año tendrían que haber sido firmes en la condena a Donald Trump y a los cuerpos de seguridad de Estados Unidos, por el atropello sistemático, como política de Estado, a las minorías raciales y por el desastroso manejo de la pandemia.

Pero el remache principal de la flagrante mentira de los cantantes colombianos es su pasividad ante las masacres y los asesinatos selectivos de líderes sociales que han hecho retroceder a Colombia a los peores tiempos de su violencia secular.

El silencio de esos personajes es la demostración más contundente de que cantan y bailan al son que les tocan las fuerzas más oscuras se nuestras sociedades, en una suerte de sicariato cultural. Una terrible mácula –tristemente- para el arte todo.

Clodovaldo Hernández / clodoher@gmail.com

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