Chávez y su encuentro con el proyecto socialista

I

Muy poco se lograría en términos teóricos o políticos si buscamos el socialismo de Hugo Chávez en la suma de veces que proclamó esa palabra-concepto, o que le hizo propaganda en Aló Presidente y en cualquier lugar del mundo donde tuvo ante un micrófono o auditorio.

El Chávez del socialismo está contenido en las ideas programáticas del discurso conocido bajo el nombre de “Golpe de timón. Un nombre circunstancial para un documento de tamaña envergadura estratégica.

Pero casi todo en la vida política de Chávez estuvo cargado de misterios y conspiraciones. Su muerte misma quedó envuelta en velos de sospecha sobre si fue asesinado por la CIA o la MOSSAD, o murió de “muerte natural”.

Pocos líderes de su estirpe usaron como él, la palabra socialismo tantas veces en tan poco tiempo y para tantas cosas. Y muy pocos tuvieron la virtud de superar su nacionalismo inicial con la opción de una salida socialista para sus países.

Lamentablemente, el uso y abuso de la palabra desdibujó el sentido de socialismo en su búsqueda. A veces designaba como socialista cualquier cosa. Él mismo, con buen sentido crítico, cuestionó en 2010 a sus funcionarios por bautizar de “socialismo” una fábrica o una huerta de tomates. Dos años más tarde, la propia noche del “Golpe de timón”, volvió sobre ese defecto en la página 25 de la edición escrita. “Yo soy enemigo de que le pongamos a todo ´socialista´, estadio socialista, avenida socialista, ¡Qué avenida socialista, chico!, ya eso es sospechoso. Por allá alguien le quería poner a una avenida ´socialista´, panadería socialista, Miraflores socialista. Eso es sospechoso, porque uno, puede pensar que con eso, el que lo hace cree que ya, listo, ya cumplí, ya le puse socialista, listo, le cambié el nombre, ya está listo”.

El Comandante no comprendió que sus ministros sólo le seguían los pasos. Insustanciales ellos, repetían lo que le escuchaban repetir, si darse cuenta que estaban deformando una palabra-programa que como toda palabra necesita de una relación con el objeto que designa. Dicho de otro modo, el nombre de la cosa debe parecerse a la cosa.

En junio de 2012, leí en la puerta de una oficina pública en la Gobernación de Barquisimeto, el título “Oficina de Transición al socialismo”.  No creo que en la URSS de los primeros años o en la Cuba en 1961, haya existido una sola oficina con un nombre similar. No era necesario, la transición se ejecutaba como política oficial. El mismo año dijo que los presuntos habitantes del planeta Marte, los marcianos, vivían en una “sociedad muy avanzada”, que seguro era de tipo socialista. Hasta el saludo cariñoso de un niño en un acto público lo definió como una muestra de socialismo. Con la misma irreverencia tuvo la valentía de socialismo en las sociedades donde fundaron esa corriente de pensamiento, cuando fue a Viena y Londres. En 2006 y 2007 en sus viajes por Europa convocó a su cruzada socialista en salones virreinales donde esa palabra no se pronunciaba desde la década de los años 30.

En Hugo Chávez ese aparente abuso con la palabra constituía una forma de aprendizaje, una manera de introyectar el concepto dentro de sí mismo, pero por una vía no conceptual, no abstracta.

Uno de los rasgos biográficos de Hugo Chávez fue su modo de asumir los asuntos públicos mediante arrebatos de inspiración, como si fueran actos de iluminación mediúmnica. Con el socialismo pasó algo similar, a pesar de los esfuerzos intelectuales que hizo para comprenderlo en 2004 y 2005. Bolívar, Maisanta, la unidad latinoamericana, el Che, Fidel y muchas otras cosas las vivió con ese sentido anímico de escasa elaboración intelectual.

Comencemos por saber que el comandante llegó tarde a la política. A los 38 años se convirtió en “político” militante en la vida pública, tras el golpe/insurrección de 1992. O sea, llegó tarde a la política militante. Al socialismo accedió 12 años más tarde. Eso no fue un pecado, sino un dato esencial de su existencia en la vida social.  

Antes fue un conspirador cuartelario, no un político en el sentido civil del término. Su carácter apasionado y reactivo para asumir sus convicciones fue una marca de su vida. Esa forma apasionada tuvo elementos psicóticos en algunos casos, como cuando se enteró a los 14 años que su gran ídolo inicial, el beisbolista Isaías “Látigo” Chávez, se había matado en un siniestro de aviación. Se encerró sin comer durante varios días. Igual reaccionó en escenarios graves como los deslaves de 2008 y sus 140 damnificados, la traición de una parte de la dirección del chavismo en el Referéndum de 2004 y la formación del Comando Maisanta, o cuando condenó desde Dubai a Michelle Bachelet por haber convocado un encuentro en Chile con tres jefes imperialistas de la Tercera Vía, meses después de la derrota del ALCA en la Cumbre de Mar del Plata. Era su modo de reaccionar ante los desafíos. La respuesta impulsiva que le dio a Zapatero condujo al “¿Por qué no te callas?” del Rey Juan Carlos en la Cumbre de Chile. Chávez era un rebelde en su más honda condición humana. Este es el punto de partida.

La misma rebeldía instintiva le sirvió en varios momentos de su vida para comprender algunos aspectos clave de la política, como las derrotas que latían en la memoria de su bisabuelo Maisanta. Para él había un hilo de continuidad con las derrotas de la izquierda de su generación en los años 70 y con la derrota del proceso nacionalista que tuvo como su primer modelo político: la “Revolución Peruana” de 1969 a 1974, dirigida por el general nacionalista Juan Velasco Alvarado.

Ese rasgo biográfico es clave para acercarnos al Chávez que alcanza el socialismo. Siempre que lo ubiquemos en la base material de la geopolítica que lo cruzaba desde Estados Unidos, el fragor del proceso de radicalización venezolana y latinoamericana de 2002 a 2009 y la guerra a muerte contra la nueva derecha venezolana emergida del golpe de abril 2002, que breves años prohijó la primera fuerza de tipo fascista en el país.

Un rastreo de la génesis de sus impulsos rebeldes antes y dentro de las Fuerzas Armadas, permite comprender que nunca se formó intelectualmente con un sistema de ideas, ni socialista ni anti socialista. Su formación más completa  y orgánica fue en estrategia militar y geopolítica militar.

Esa virginidad ideológica le permitió abrevar sin prejuicios en varias fuentes. En Habla el comandante, le dice a Blanco Muñoz “yo no me puedo llamar marxista, no he leído a Marx”. De hecho, no tuvo problemas en enviarle cartas a Clinton y a Blair en 1999, para buscar acuerdos con la Tercera Vía. Luego rompe violentamente con ellos por las guerras de Afganistán e Irak. Es el mismo proceso vivido por el Fidel Castro de 1959 a 1961.

No le mintió a Blanco Muñoz. Sólo había leído a medias un ejemplar del Manifiesto Comunista a los 15 años en un garaje de Barinas con sus amigos y los hijos del “viejo sabio y comunista”, José Esteban Ruiz Guevara. Este hombre fue la primera personalidad de izquierda con peso en su memoria política. Era un ex militante del PCV de los años 50, pasado a Causa R en los 70. Había sido guerrillero y lector autodidacta de muchos libros de varias disciplinas, en el aislamiento cultural de los llanos occidentales. Con este “viejo comunista” conoció la palabra y la primera imagen de lo que desde 2004 entendería como socialismo.

Mediante sus amigos de adolescencia  del “Grupo Barinés”, se relacionó con el MAS y el MIR. Casi todos pasaron por esas dos organizaciones a comienzos de los años 70, como algunos de nosotros. Su único compromiso fue un aporte de 300 bolívares a la campaña financiera del MAS, en 1975. Años después conoció la existencia del PRV y de Douglas Bravo a través de su hermano Adán. Pero nunca fue formado por ellos en la teoría marxista ni en otra, a pesar de que el PRV hacía algunas escuelas de formación de vez en cuando y contaba con algunos intelectuales de talla. Una de las versiones no confirmadas de su historia política dice que el PRV de Douglas Bravo lo captó y preparó para infiltrarlo al Estado mediando las Fuerzas Armadas, un plan que debía casi una década hasta graduarse en la Academia Militar y tener control de tropas como Comandante.  Sin descartar esta versión, me guio por ahora en otras.

Todo indica que Chávez se acercó al programa socialista en 2004 por aproximaciones sucesivas y a trompicones, en dos tiempos y de una manera casi solitaria (“Hermética” la define un ex asesor del Comandante).

Ese año comienza un proceso de aprendizaje intelectual mediante algunos libros de la tradición marxista, y en algunos diálogos con dos ministros: Héctor Navarro y Jorge Giordani.  

Hasta 2002-2004 Chávez no tuvo al socialismo como preocupación y desafío. Todo indica que fue exactamente así.

Igual que en otros casos de su estirpe (Fidel, el Che, Lumumba, Mao, o los peruanos Hugo Blanco y Ricardo Napurí), su paso al socialismo fue un resultado, no una preparación sistemática alrededor de un programa socialista.

Dos hechos se combinaron desigualmente para desafiarlo y colocarlo ante el dilema de defenderse con la irrupción socialista, pactar con sus enemigos o peor: abandonar todo a una derrota, como tantos otros de su estirpe (Perón, Haya de la Torre, Rómulo Betancourt, Árbenz, el FSLN, el FMLN, Vietnam, etc). Hubo casos inversos, como el de Allende, que se formó toda su vida en el socialismo y cuando la política lo puso a posibilidad de saltar al socialismo, decidió inmolarse antes que apoyarse en el pueblo chileno.

Comparado con predecesores y contemporáneos en relación con el socialismo, la figura de Hugo Chávez descuella como heroica.

El primer hecho es el proceso revolucionario despertado por la victoria popular del 13 de abril. El segundo hecho fue el ataque furioso iniciado por el imperialismo a escala planetaria contra él y su gobierno, cuando descubrieron que Venezuela podía convertirse en otra Cuba. Esos dos hechos removieron el pensamiento de un Comandante Presidente acorralado en Miraflores.

Hay dos mitos creados con interés oportunista en la historia del acceso de Hugo Chávez a la idea socialista.

El primero, es que comenzó en 2005 en el stádium de fútbol El “Gigantinho”, en Brasil. El segundo mito es en realidad una estafa intelectual y editorial. El profesor Heinz Dietrich se adjudica la invención del “Chávez socialista”, de la misma manera que en 1999 el peronista argentino Norberto Ceresole se adjudicó la creación del Chávez nacionalista. Heinz publicó en México un folleto llamado “El socialismo del siglo XXI” y dejó correr la versión según la cual ese libro era la fuente doctrinaria del presidente Chávez.

Sin embargo la historia parece ser más compleja y real. En un plenario con funcionarios y cuadros políticos y militares en Fuerte Tiuna, en octubre de 2002, Chávez dejó correr la duda de que su gobierno podría verse obligado a ir “al comunismo”, bajo las presiones imperialistas. No dijo más. La duda quedó tan difusa como la palabra que usó para referirla.

En marzo de 2004, con dos años de cavilaciones en solitario y diálogos con Marta Harneker, ordena organizar un Equipo Internacional, con Marta Harnecker y otros intelectuales socialistas nacionales y extranjeros. Mantuvo una larga conversación en la que les plantea algunas de sus dudas. Luego ellas se conformarían como las dudas que lo condujeron a su encuentro con el socialismo.

Estas fueron las dudas de 2004. Sin ellas y su resolución política no tiene racionalidad el Chávez del Golpe de timón de ocho años más tarde.

Las relaciones del gobierno con el pueblo y los movimientos sociales

El tipo de gobierno

La orientación social e ideológica del gobierno después del golpe

¿Cómo enfrentar la agresión imperialista?

En esos momentos el presidente buscaba respuestas a esos problemas. Pidió hacer un recenso entre los más de 1.500 funcionarios del Estado, a alguna o alguno que hubieran escrito algo sobre el socialismo. El resultado fue sorprendente, relata la fuente: “No encontramos más de 30 que alguna vez hubieran pensado y escrito sobre socialismo”.

Tan  sorprendente como la respuesta del Comandante, cuando le presentó el resultado de la búsqueda: “Tenemos poca fuerza para lanzarme”. ¿Lanzarse a qué? ¿Contra qué? No lo dijo. Como era usual, Chávez resolvía en la práctica política problemas que requerían espacios y tiempos de debate y reflexión.

Meses más tarde pidió al Equipo Internacional un guión para desarrollar un discurso contra el gobierno de Estados Unidos en un acto. Al terminar de leer el borrador de lo que le redactó el Equipo, respondió: “Esto no me sirve para nada”.

El contenido conservador del guion se explica porque nadie a su alrededor tenía idea de hasta dónde había avanzado el Comandante en sus reflexiones individuales. Lo impedía su hermetismo y desconfianza. Chávez no permitía la validación ni la regulación grupal de sus opiniones, a pesar de tener a su lado a la dirección del PSUV y el mismo Equipo Internacional. El Comandante creó su propio guión y declaró que Venezuela había ingresado a la “Etapa anti imperialista”, una verdad a medias porque esa tarea ya estaba casi superada, excepto por dos detalles fatales que padecieron el pueblo y el gobierno de Maduro: Venezuela seguía atada al imperialismo yanqui en materia petrolera. La CITGO/PDVSA usurpada en 2019 se mantuvo en 2004. El 80% de los alimentos y medicamentos se siguieron comprando a multinacionales de EE.UU.

Su soledad de líder patriarcal, jerárquico, sin regulación política grupal, había comenzado a convertirse en una carga negativa para el proceso y su dinámica.

Ese mismo año les pidió libros de autores socialistas sin incluir en la lista autores del “Socialismo real” de la ex URSS, porque –argumentó–, “Eso había fracasado”. Con esa frase Chávez revelaba uno de los temores de en su formación política: las derrotas.

Entonces 2004 es la primera vez que el Comandante ingresa con relativo orden a la literatura marxista y a la búsqueda de una salida socialista. Esa fue su conversión. De allí al Golpe de timón había pocos pasos. El Gigantinho fue un escenario importante por la vanguardia latinoamericana reunida, pero nada más.

¿Qué libros y autores leyó?

Le entregaron libros sobre anarquismo, por ejemplo, de Proudhon (Pierre-Josep), el socialista francés del siglo XIX que desarrolló el sistema cooperativo de producción. De Mijail Bakunin, el jefe del anarquismo ruso, de Errico Malatesta, figura del anarquismo italiano, autor del famoso libro Técnica del golpe de Estado.

Luego conoció escritos de dos intelectuales trotskistas vivos, Eric Toussaint experto en Deuda Externa y Alan Goods, teórico galés marxista y trotskista con quien compartió amistad personal. Preguntó por qué los marxistas no escribieron sobre el individuo. Le llevaron el del Plejanov El rol del individuo en la historia, alrededor de la personalidad de Napoleón Bonaparte y lo leyó con pasión y entusiasmo. De hecho lo citó muchas veces. En 2005, ordena a la imprenta de Miraflores que edite el libro clásico de León Trotsky, La Revolución Traicionada.

Entre los autores marxistas vivos con quien Chávez compartió diálogos y reflexiones profundas, fue Itzvan Mészáros, filósofo marxista húngaro nacionalizado inglés, heredero de Luckas. Lo contrató para desarrollar la Universidad de la Planificación. Al parecer Mészáros lo influyó bastante. Más que la Harnécker o Giordani. Llevó al podio de las Naciones Unidas su obra más conocida en Venezuela Más allá del Capital (editada varias veces, incluso en forma de cuardenillos para los obreros de Guayana). No tuvo la misma suerte comercial que Chomski, a quien Chávez le hizo multiplicar las ventas en 24 horas con solo citar una de sus obras en el mismo escenario, el día que dijo que la ONU olía “A azufre” porque había “Pasado el diablo por ahí”.

Con estas lecturas y sobre todo con el estudio concienzudo de algunos textos de Antonio Gramsci, el líder político y pensador marxista italiano de los años 20 y 30, que renovó el marxismo después de Lenin, Luxemburgo y Trotski. Todo indica que Chávez lo estudió con seriedad, incluso antes del año 2004. Es probable que haya accedido a este autor por su hermano Adán desde el PRV donde era consumido. A finales de la década de los 70 Gramsci fue bastante leído en Venezuela. El hermano de Carlos Lanz, el profesor Riogoberto Lanz, realizaba cada año una jornada nacional alrededor de la obra de Antonio Gramsci, financiadas por la UCV. De los autores de la tradición socialista, quizá sea Gramsci el autor que más citó junto con Mao. Es al único que usó en julio de 2007 para explicar ante 200 mil chavistas convocados en la Av. Bolívar de Caracas, las bases políticas del PSUV, la organización socialista que reemplazaría al adecoide Movimiento V República. En el canal Youtube, bajo el nombre de “Chávez radical”, Gramsci es el autor usado por el Comandante para explicar sus preocupaciones sobre el Estado. La democracia y el socialismo.

Es probable que la Comuna como el órgano de clase del nuevo Estado socialista venezolano lo haya sintetizado de las lecturas de Gramsci, Proudhom y Mészáros.

Otro libro marxista que le produjo impacto intelectual y le generó una iniciativa política práctica un año después, fue Las tres primeras internacionales, escrito por tres intelectuales del trotskismo norteamericano durante los años 70. A comienzos de 2005 Chávez intentó fundar una V Internacional en Caracas. Esa idea se la motivó ese didáctico libro de Novak, Frankel y  Feldman. Este intento tuvo el valor de la valentía intelectual, aunque resultó un fiasco. Duró un solo día o menos. Chávez improvisó una convocatoria a partidos y corrientes que no tenían ningún interés en una nueva internacional bajo la bandersa del socialismo. El PT de Lula, el peronismo de Argentina, el partido de Cuathemoc Cárdenas de México y otros del mismo tipo.

El ingreso de Chávez a una opción socialista para Venezuela, fue un proceso complejo. Mucho más que un acto en un estadio de fútbol o sus herméticas reflexiones individuales. Se trató de un proceso cruzado por las tensiones sociales de la realidad y de la vida intelectual de un reducido grupo de intelectuales del palacio y de otros países. Chávez tenía inclinación por intelectuales internacionales y cierta desconfianza de los socialistas venezolanos.

Chávez modificó lo que creía y sentía sobre socialismo a caballo de una sucesión de victorias populares entre 2002 y 2004, dentro y fuera del país. El imperialismo sufrió una derrota en el proyecto ALCA. Es un proceso que se completó con reflexiones individuales, lecturas y diálogos.  Antes de esa fecha no existe registro de un acercamiento serio a la idea socialista.

Otra estafa oficial es la versión difundida de que Fidel Castro lo indujo al escenario socialista. Eso cree el 90 por ciento de la nueva militancia latinoamericana y bolivariana. Creo que es más acertado señalar que Fidel le sirvió como ejemplo ético en 2002. Su actuación solidaria durante el golpe de abril le sirvió a Chávez para contrastar la conducta de “un socialista icónico” con la de un oportunista traidor como Luis Miquilena, su ministro de Interior. No más que eso. Fidel Castro no lo podía moldear en las ideas del socialismo.

En la biografía de Chávez demuestro con suficientes fuentes de validación, que su primer encuentro con Fidel fue imprevista e inesperada para ambos, casi casual. En 1994, un historiador cubano llamado Eusebio Leal invitó a Chávez a visitar la Isla para hablar de Bolívar. Más de veinte años después, en marzo de 2020, pude confirmar con su secretaria la veracidad de mi relato sobre el “Encuentro” entre ambos líderes en la biografía de Chávez editada por El Perro y la Rana (¿Quién inventó a Chávez?, Caracas 2013).

En 2004 cuando Chávez lo conoció en La Habana, Fidel Castro no andaba buscando ni apoyando revoluciones. Cuba estaba saliendo del marasmo del “Período Especial” que sumió a los cubanos y cubanas en la barbarie, tras la implosión de la URSS y el bloqueo imperialista. Fidel y su gobierno intentaban sobrevivir al vendaval reaccionario mundial en que quedaron sin la ayuda soviética. Esto se manifestó en la carta de Fidel a Carlos Andrés en 1992. A las pocas horas del golpe fallido del 4 de febrero, La Habana envió la primera carta solidaria que recibió Carlos Andrés Pérez. Le deseaba “Que se preserve el orden constitucional, así como tu liderazgo…” (Historia de un Encuentro sin misterios. En Chávez, el hombre que desafió la historia. Modesto Emilio Guerrero. Ediciones Peña Lillo, cuarta edición, Buenos Aires 2013, pág. 293)

El joven Hugo Chávez, como cualquier miembro de su generación de pertenencia fue influido por las figuras socialistas de su tiempo. Moisés Moleiro, José Vicente Rangel, Teodoro Petkoff, Domingo Alberto Rangel, Pedro Duno y otros. De ese grupo el más serio como marxista era Moleiro y terminó postrado a los aplausos de la IV República. No fueron las mejores fuentes ideológicas para formarse en el socialismo. Basta pensar en qué terminaron los huesos de Teodoro Petkoff, el más conocido de ese grupo.

La particularidad de Chávez  era su rebeldía en lo social y en lo intelectual. Roland Dénis acierta cuando dice que esa condición le impidió ser acomodaticio, apoltronado y corrupto. La base material de esa condición rebelde es que Chávez se hizo político por fuera y contra el Estado y sus instituciones. Al revés de casi todos los dirigentes de la izquierda petrolera venezolana.

Su vida cuartelaría lo apartó de la política más de una década, pero no le impidió abrevar en la cultura izquierdista de su generación. Esa cultura era tributaria de la socialdemocracia y del extraño socialismo de los PC. Venezuela no tuvo la mejor tradición marxista en el siglo XX. Aportó gigantes del pensamiento socialista como Ludovico Silva, un autor estudiado en varias universidades del mundo, pero no acumuló una tradición afincada en corrientes militantes obreras o campesinas, como en México, Chile o Argentina, además de Colombia. Esa herencia nacional negativa limitó la cultura socialista de Chávez. Su condición de hombre rebelde lo lleva a contradecir la herencia por el lado menos esperado, el militar.

En ese sentido es una contradicción andante, pero de una progresividad que solo podemos encontrar en el Fidel Castro de 1959 a 1962 y del joven Ernesto Guevara que va de Guatemala a México y Cuba.

Su llegada a la idea socialista fue contradictoria. No medió la formación en alguna escuela política partidaria, ni en la academia. Tampoco participó de una revista ideológica fundacional, como varios de nosotros. Jean Paul Sartre llamaba esa conducta “a contra pelo”, un concepto que usó, por ejemplo, para definir la revolución cubana.

Chávez tuvo la ventaja, al contrario del resto de nuestra generación, de haber llegado al lugar indicado para probarse y de contar con una capacidad de aprendizaje admirable. Cuentan sus asesores que podía leer medio libro en una sola noche de insomnio y dejarlo subrayado con preguntas en los márgenes.

Su rebeldía le permitió preguntarle a Uribe Vélez en Brasilia en 2007 “¿Y tú, por qué no te declaras “capitalista”? Yo no tengo problema en llamarme socialista”. Lula y Néstor se rieron de su irreverencia.

Chávez descuidó un detalle decisivo cuando dio el paso al socialismo en 2004 y en 2007 al fundar el PSUV. Un partido socialista sin dirigentes, cuadros y militantes socialistas no permitía un gobierno socialista, menos una sociedad socialista. 9 de cada 10 dirigentes o funcionarios del PSUV eran arribistas, negociantes de comisiones comerciales y oportunistas de oficio. Esa realidad fue definida como un “Nido de alacranes” por el general Alberto Muller, jefe del partido. El tipo humano predominante entre los cuadros y dirigentes del PSUV fueron/son el de tipo lumpen, el charlatán de pasillo, el irresponsable, el arribista.

Otro dato clave es que Chávez seguía atado en 2004, ya en calidad víctima, a los pactos de 1998, 1999 y 2002. Esos pactos fueron para la gobernabilidad. Ninguno se conformó con socialistas probados u honestos, excepto José Vicente, que es un socialdemócrata honrado. Eso explica por qué Vice ministros radicales como el intelectual anarco socialista Ronald Dénis, o asesores marxistas formados y probados como Carlos Lanz, salieron del gobierno. También permite entender el destino infausto del Centro Internacional Miranda, bajo la conducción de cuadros intelectuales socialistas, la única usina ideológica del proceso bolivariano.

Veamos un testimonio de esa forma reactiva movida más por la pasión que por una razonada estrategia. En agosto de ese mismo año, fundé en Buenos Aires la sección argentina del PSUV. El embajador le informó a Chávez y éste le preguntó: “Y éso ¿pa´qué?” Pidió al embajador un contacto conmigo para hablar del tema. Le expliqué que no necesitaba permiso para hacerlo porque se trataba de una necesidad defensiva geopolítica de su gobierno y del proceso. Ahí quedó todo. Era diciembre. Dos o tres meses más tarde intentó fundar la Quinta Internacional, cuyo objetivo era el mismo por el que había nacido la sección argentina del PSUV.

Nuestra valoración no puede ser biográfica ni intelectual. Eso sería pedantería de pequeño burgués engreído. Valoramos su capacidad de transformarse en socialista, a pesar de no haberse formado para ese destino y contra casi todos sus ministros.

Tuvo la inteligencia social de comprender que el socialismo “no cae del cielo”, que debe apoyarse en algún tipo de organización social nueva que no incluyera a la burguesía. Comprendió que “nueva” no significaba cualquier cosa. Esas dos ideas cruzan sus reclamos a los ministros la noche del Golpe de timón.

La comuna barrial, campesina o industrial, esa era la forma que podía adaptarse a un país atrasado, sin tradiciones socialistas como Venezuela. Lo fundamental es que no se enamoró de una “Comunidad organizada” como Perón en la España franquista de 1939, sino de un organismo de la clase trabajadora.

Ese es el mérito político fundamental del Comandante Chávez por el que debe ser valorado su aporte a la lucha por el socialismo en América latina. Lo demás es propaganda o mitología. Ninguno de sus colegas del progresismo latinoamericano se atrevió a algo similar.

El secreto de Hugo Chávez no es de carácter intelectual. Su formación ideológica intuitiva lo indujo a dos comprensiones estratégicas, dos conocimientos primarios, sin los cuales Chávez no sería Chávez:

La ecuación del poder no incluye a la clase capitalista. Sólo en su primer gobierno de 1999 a 2002 tuvo ministros burgueses heredados de Caldera. Desde 2002 más nunca aceptó, a pesar de que recibió presiones de varios ministros para ello.

La base democrática del “socialismo del siglo XXI” (una idea difusa, pero seductora) debe ser una organización de base popular, barrial, de pobres: la Comuna.

La soberanía nacional no se limitaba a Venezuela. O se expandía al subcontinente o moría.  (Como de hecho ocurrió, por causas distintas). De Yare salió con un proyecto bolivariano para el continente.

II

Chávez cumplió un rol de “potenciador ideológico”, como definió el extinto diputado argentino Daniel Betti. Diseminaba como semillas la palabra socialista en la gente del pueblo trabajador llano, algo que podría tardar décadas en manos de cualquier partido socialista. Esa multiplicación sólo se conoció hasta la década de los años 30, sobre todo en la primera década del siglo XX cuando los socialistas alemanes alcanzaron a ser millones, sin ayuda de ningún profeta.

La contradicción de la Venezuela chavista es que la siembra de la palabra no se sostenía en un proceso social de carácter socialista. En Venezuela no se había desarrollado todavía una formación social transitoria basada en la propiedad social, por ejemplo en las comunas y sindicatos, que tendiera a la supresión de la explotación humana basada en el sistema salarial y la ganancia privada.

Tres encuestas realizadas por alguna empresa privada en Caracas y varias ciudades, dieron como resultado que el 46% quería un gobierno socialista, contra 36% que no quería. Esta mayoría tenía un carácter más electoral que social. Pudo servir como palanca para desarrollar una conciencia socialista masiva y levantar formas de propiedad y organización social dominantes en medio de una sociedad que aún funcionaba bajo las normas capitalistas. (Una revuelta de ricos y 12 dilemas de la revolución bolivariana, M. E. Guerrero. El Perro y la rana, Caracas 2009).

La historia del siglo XX fue un catálogo de uso vacío de la palabra socialismo. Todos los líderes y gobernantes nacionalistas, anti imperialistas y populistas de países oprimidos, la usaron para diferenciarse de los imperios, pero no la usaron para desarrollar una economía y sociedad sin explotación. Luego de una etapa inicial de alta progresividad democrática y social, la palabra socialismo fue usada para reconstruir el capitalismo en sus países, y en muchos casos de la mano de los mismos imperios que habían derrotado con las armas.

En África, casi todos los líderes y gobiernos de las 17 nuevas naciones surgidas de revoluciones y procesos de independencia nacional entre 1945 y 1961, usaron la palabra socialismo para vestir sus discursos y naciones, pero casi todos pactaron y reconstruyeron el capitalismo en sus países. Sólo Cuba, Yugoslavia y China constituyeron las excepciones.

Antes, durante la década de los años 30, la palabra socialismo fue envilecida por los PC y la socialdemocracia en todo el mundo. Luego del triunfo revolucionario de Stalingrado en 1943 y los pactos de Yalta y Postdam entre 1945 y 1946, los gobiernos surgidos en Europa del Este, usaron la palabra socialismo para bautizar sus Estados y gobiernos, y legitimar con ella los sistemas de opresión, represión y de explotación del trabajo asalariado, como explican el historiador de origen ruso Moshé Lewin  en El siglo soviético, 2002) y los economistas Fernando Azcurra (argentino) y Luciana Madrid Cobeña (venezolana) en el libro Abolición del trabajo asalariado (Buenos Aires 2015).

Evo Morales no tuvo problema en confesarse parte del proyecto socialista “del siglo XXI”, promovido por Chávez. Pero su vicepresidente, García Linera, debió pasar de su concepto de “Capitalismo Andino” en el año 2000, al de “Socialismo Andino” en 2009.

La única revolución del siglo XX hasta hoy, en la que encontraremos correspondencia entre las palabras y las realizaciones, la práctica social, es la soviética de 1917. Hasta por lo menos 1924-1925 cuando comenzó un proceso acelerado de degeneración que condujo al vaciamiento del uso de la palabra socialismo, igual que lo visto desde 1945.

La única excepción fuera de Rusia fue Cuba, donde el triunfo guerrillero de 1959 mutó rápidamente a la vía socialista y en 1961. Cuando Fidel Castro y sus compañeros y compañeras del “26 de Julio” comenzaron a usar la palabra socialista en los discursos y escritos de Estado, las transformaciones fundamentales en la vida social y económica habían avanzado lo suficiente como para sostener la palabra socialista. Casi no había contradicción. Fue al revés de la Venezuela de Chávez. Allá, las transformaciones dominaron a la palabra. Acá, la palabra dominó a los hechos.

Conclusiones:

El mérito de Hugo Chávez es haber usado la palabra para propagandizar, potenciar, la idea de un modo de vida opuesto al capitalismo. El peligro es suponer que el uso de la palabra socialismo significa socialismo, como el mismo advirtió. El nombre de la cosa debe parecerse a la cosa.

Hugo Chávez suplantó con la idea socialista la religión burguesa sembrada en la cabeza de millones de venezolanas y venezolanos. Desde el AD popular del “Juan Bimba”, hasta el populismo reaccionario de Carlos Andrés y Caldera. Ese es el mérito, su enorme progresividad.

La contradicción y relatividad de ese mérito es que la palabra era muchas veces mayor a lo que construía en la economía, la vida social y la política externa. Como toda contradicción es dinámica. Hay que evaluarla con respeto. Depende de qué decisión y qué momento evaluamos.

Al limitar lo que había impulsado desde 2002, permitió, aun sin proponérselo, el refortalecimiento de la economía privada capitalista, bajo nuevas formas jurídicas. La economía comunal o “endógena” creció a un ritmo interanual del 1,2%, contra un crecimiento del 3.2% en la economía privada del mismo período: 2003 a 2006. Según el ex ministro Víctor Álvarez, “El peso del sector privado en la economía pasó del 64% en 1998 al 70.9 en 2008”. Casi 7 puntos más. (12 dilemas de la Revolución Bolivariana. Modesto Emilio Guerrero, Página 137, El Perro y la Rana 2010).

Lo correcto que fue impulsar inversiones estatales sin control privado se congeló al no hacer lo mismo en las ramas grandes de la economía, como la alimentación y otras. El Grupo Polar atravesó intacto esos años de cambios revolucionarios. Otro caso fueron las tierras cultivables: sólo pasaron a manos de campesinos pobres 5 millones de hectáreas del total de 19 millones existentes con capacidad de ser cultivadas.

El conjunto del proceso quedó a medio camino. Se fortalecieron el capital privado y la clase de los capitalistas y sus dos sirvientes funcionales, los burócratas del aparato de Estado y los sindicatos. Y en política, como en el amor, lo que no avanza, retrocede.

III

Para comprender la relación de Chávez con el proyecto del socialismo hay que hacer un salto desde sus discursos y declaraciones y de sus búsquedas entre 2002 y 2004, a la intervención conocida como Golpe de Timón. Es el único registro que recoge la idea central de crear un Estado basado en otra economía y otro modo social de producción y reproducción de la vida.

Por ser la transcripción de una intervención del Presidente ante sus ministros y asesores, adolece de los defectos de una intervención oral. Sobre todo con las de Chávez, que no tenían un desarrollo basado en conceptos y categorías.

De la transcripción se perciben dos sensaciones.

PRIMERA: la tensión entre los reclamos del comandante y el silencio paciente de ministros que solo esperaban a que terminara y se volviera a Cuba.

SEGUNDA: La impotencia de estarle hablando unos ministros blindados a sus reclamos. Es sano decir que Chávez fue víctima de su propia construcción patriarcal, basada en el respeto al “padre”, el “jefe”, el “líder”. “Hiperliderazgo” lo llamó Monedero en 2009, cuando ya era un poco tarde. Como en toda relación patriarcal dominante, el regañado/da calla y el que regaña da por supuesto que lo escucharon y entendieron. Y continúa como si nada.

Este choque mudo de estados de ánimo quizá explique el detalle anecdótico que circuló al día siguiente entre algunos allegados. Al terminar la reunión del “Golpe de timón”, le confesó a dos amigos-asesores en uno de los pasillos del palacio: “Me siento un infiltrado”. Toda una revelación de un líder atrapado en su propia construcción política, rodeado de un equipo que no lo acompañaba en sus avances ideológicos. Ya era más líder en la calle que en el Palacio. Chávez presentía en esa confesión personal que ya no gobernaba a su propio gobierno. Ese vacío entre él y su equipo lo convenció que él era un extraño, un infiltrado, un enemigo, dentro de un cuerpo de ministros que no sentían, soñaban ni pensaban como él.

El eje ideológico y conceptual, de objetivo revolucionario, del Golpe de timón, es la comuna. Usó ese concepto desde varios ángulos, en varios escenarios del país, para demostrar su urgencia. La recorrió de distintas maneras.

Desde la economía, reclamó que se construyera un polo productivo al lado de un poblado comunal y una o varias comunas al lado de centros industriales.

Eso es lo primero, la Comuna como base organizativa de la sociedad, su economía y modo de producción y reproducción de su vida social. Lo segundo esencialmente socialista del Golpe de timón, es que excluye a la clase de los capitalistas en todo su discurso, en los ejemplos que usa y en el lenguaje escogido.

Podemos registrar contradicciones, equívocos teóricos, inexactitudes históricas y debilidades en su lógica discursiva, pero siempre en el contexto de un avance ideológico gigantesco.

Una limitación, por ejemplo, es que dedica sólo 10 líneas de un párrafo en la pág.16 para explicar “la complejidad del desafío”. El desafío era la razón para sostener su idea de un socialismo del siglo XXI. Nada más y nada menos. Se limitó a decir lo siguiente: “Recordemos la Unión Soviética –dice Chávez– lo que el viento se llevó: en la Unión Soviética nunca hubo democracia, no hubo socialismo, eso derivó, y los líderes no se dieron cuenta o si se dieron cuenta no pudieron, y el imperio aquel golpeando, la culpa no es solo de la Unión Soviética, la culpa fue también de todas las agresiones externas, sabotajes económicos, guerras biológicas, bacteriológicas, bombardeos y explosiones en la industria petrolera soviética y luego las contradicciones, las divisiones, la cultura.” (págs. 16 y 17)

Están casi todos los elementos de la “complejidad del desafío”, pero en total desorden, inorgánicos, sin lógica secuencial ni causal. No relaciona su gobierno y su idea de un Estado comunal con la derrota de aquel punto de partida histórico.

El resultado era inevitable. En el párrafo siguiente quiso definir el socialismo del siglo XXI (, o sea, lo diferente a la experiencia fallida de la URSS), y no pudo. Lo redujo a una extraña categoría: “Nueva hegemonía democrática”. Dice: “Por eso el socialismo del siglo XXI que aquí resurgió de entre los muertos es algo novedoso; tiene que ser verdaderamente nuevo, y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática…” (pág. 17)

No le podemos exigir a Hugo Chávez lo que Hugo Chávez no podía ofrecer. Ni era un teórico ni un experimentado político revolucionario formado en el marxismo. Lo que rescatamos del Golpe de timón y del Comandante en ese discurso programático, es, precisamente su carácter programático. Haber tenido la valentía intelectual, ética y política, de atreverse a plantear un cambio radical en la naturaleza del Estado burgués venezolano.

Hugo Chávez jugaba un partido de fútbol con el equipo equivocado, los árbitros en contra y una pelota cuadrada. Como ingeniero social actuaba con una caja de herramientas dañadas.

No se puede cocinar un hervido de pescado con un par de medias sucias. La siguiente generación de chavistas creará los cuadros y dirigentes adecuados a la tarea dejada a medio camino por el Comandante.

Modesto Emilio Guerrero

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